

Recibí una invitación y acepté. ¿Qué otra cosa podría hacer? Me puede la curiosidad...
Llegó el día de una especie de concurso en el que elegir por dónde continuar.
"Elegirás una llave que te dará acceso a una posibilidad de acompañarte en aquello que decidas.
El camino será tuyo y tendrás para ti toda la dedicación que quieras o puedas darte.
Esta llave será el premio que te regalará un espacio y un tiempo que ya era tuyo, pero te servirá de acceso y recordatorio para empezar a priorizarte en eso que necesitas.
¿Aceptas?"
Así te lo contaban. Y así me lo conté cuando decidí ir a pelear por mi llave en ese concurso. Acepté.
Una vez dentro del escenario...
Es curioso, no había que pelear. No era una competición con otras personas, sino con otras prioridades de mi propia vida.
Prioridades impuestas, no elegidas y, por supuesto, también prioridades que estaban ahí por voluntad propia.
Cada una de ellas se esforzaba por llamar mi atención y esfuerzo. Yo, de pronto, me convertí en una mera espectadora del repertorio en escena de cada una de mis prioridades... ¡y yo que había venido a concursar! Me sentí algo descolocada, las concursantes eran mis prioridades... y yo era su premio.
Las pruebas de este concurso a las que mis prioridades tenían que enfrentarse las elegía yo. Esto me resultó difícil.
Cada prioridad contaba con unas herramientas y requería de conseguir otros recursos.
Algunas herramientas ya las tenían, pero les hacían falta otros recursos. Esos recursos los podían tener con ayuda externa y/o con mayor esfuerzo interno.
En cada prueba perdían puntos según mi ansiedad o agobio crecieran.
En cambio, ganaban puntos si, por el contrario, el peso de mi vida se relajaba.